El Jugador
El Jugador Pero las objeciones no servÃan para nada. No comprendÃa lo que le decÃa yo. Hablaba con frases incoherentes acerca de la abuela, persistÃa en su idea de llamar a la policÃa.
—¡En nuestra patria, en nuestro paÃs —dijo lleno de indignación—, es decir, en un estado con policÃa, donde las autoridades cumplen con su deber, se pondrÃa inmediatamente bajo tutela a viejas como ésa!
SÃ, señor, sà —siguió diciendo, levantándose de su asiento y yendo de un lado a otro de la habitación—. ¿Lo ignora usted, señor? —y se dirigÃa aun personaje imaginario que se hallara en un rincón—. Pues bien, sépalo… sÃ… en nuestra patria, a viejas como ésa se las castiga, se las hace entrar en razón… ¡Oh, sapristi!
Se dejó caer nuevamente sobre el diván, y al cabo de un instante, sollozando casi, con voz apagada, me anunció que la señorita Blanche ya no se casaba con él, porque la abuela habÃa llegado en vez del esperado telegrama y era evidente que se escapaba la herencia. CreÃa comunicarme algo nuevo. Yo intenté hablarle de Des Grieux. El hizo un gesto de desaliento.
—¡Se ha marchado! ¡Tiene todos mis bienes en garantÃa! ¡Estoy pelado como un halcón! Del dinero que trajo usted… ignoro lo que queda. Lo más setecientos francos. Esto es todo cuanto poseo; de ahora en adelante… ¡a la buena de Dios… !