El Jugador
El Jugador —¿Cómo pagará usted la cuenta del hotel? —exclamé asustado—. Y luego… ¿qué va a hacer?
Me miró con aire pensativo, pero creo que no me había comprendido siquiera. Hice alusión a Paulina Alexandrovna, a los niños. El contestó muy aprisa. “¡Sí, sí!”, pero comenzó en seguida a hablar del príncipe que iba a partir con Blanche y…
—¿Qué va a ser de mi, Alexei Ivanovitch? —me preguntó de pronto—. ¡En nombre del cielo! ¿Qué va a ser de mí?… Se trata de una negra ingratitud. ¿No es verdad que es una ingratitud?
Para terminar, comenzó a derramar un torrente de lágrimas.
No era posible hacer nada con semejante hombre. Por otra parte, dejarle solo era peligroso, pues podía ocurrirle algo. Conseguí salir, pero advertí a la niñera que diese una mirada de cuando en cuando. Hablé, además, al mozo del corredor, un muchacho muy inteligente, que me prometió vigilarle.
Apenas hube dejado al general cuando Potapytch vino a buscarme de parte de la abuela. Eran las ocho y acababa de llegar del casino sin un céntimo. Me encaminé a sus habitaciones. La vieja estaba sentada en su sillón, agotada y visiblemente enferma. Marta le servía una taza de té, que le hacía beber casi a la fuerza. La voz y el tono de la abuela habían cambiado.