El Jugador
El Jugador —Y ahora vete tú también, Alexei Ivanovitch. Me queda un poco más de una hora. Quiero acostarme, pues los huesos me duelen. Ahora ya no acusaré más a los jóvenes de ligereza. Hasta me causa escrúpulos acusar a ese desgraciado general. Sin embargo no le daré dinero, tanto si quiere como si no quiere, porque según mi opinión es un solemne estúpido. Pero yo, vieja y tonta, no estoy tampoco razonable. Bien es verdad que, aunque tarde, Dios castiga la presunción. ¡Que lo pases bien! ¡Marta, ayúdame!
Hubiera querido, sin embargo, acompañar a la abuela. Además, estaba en espera de un acontecimiento, de algo que iba a ocurrir. No podÃa estarme quieto. Salà al corredor y luego a dar un paseo por la avenida. Mà carta a Paulina era clara y categórica, y la catástrofe, seguramente, definitiva. Oà hablar en el hotel de la partida de Des Grieux. Después de todo, si ella me rechazaba como amigo, quizá pudiera serle útil como criado. Pues yo podÃa serle útil, aunque sólo fuese para desempeñar sus encargos. ¡Esto era lógico!
A la hora de salida corrà a la estación y saludé a la abuela. Ella y su séquito ocuparon un departamento reservado.
—Gracias, amigo mÃo, por tu concurso desinteresado —me dijo al despedirse—. Repite a Praskovia lo que le dije ayer. La espero.