El Jugador
El Jugador Volvà al hotel. Al pasar por delante de las habitaciones del general encontré a la niñera y le pregunté por él.
—No va mal —dijo ella, tristemente.
Entré. Pero me detuve en la puerta del gabinete en el colmo de la sorpresa. La señorita Blanche y el general reÃan a carcajadas. La señora viuda de Cominges estaba sentada en el diván. El general parecÃa loco de alegrÃa y decÃa barbaridades. Se hallaba presa de un acceso nervioso de risa, que arrugaba su rostro y escamoteaba sus ojos.
Me enteré más tarde de que Blanche, después de haber despachado al prÃncipe, informada de la desolación del general, habÃa ido a pasar unos momentos a su lado para consolarle. Pero el pobre hombre no suponÃa que en aquellos momentos su suerte estaba ya decidida y que Blanche habÃa ya empezado a hacer las maletas para huir a ParÃs en el primer tren de la siguiente mañana.
Después de haberme detenido en el umbral del gabinete renuncié a entrar y me retiré sin ser visto. Al entrar en mi cuarto distinguà en la penumbra una persona sentada sobre una silla, en un rincón, cerca de la ventana. Avancé rápidamente, miré… y me faltó la respiración. ¡Era Paulina!