El Jugador
El Jugador —Vaya, vaya, esto está claro —dije a Paulina—. ¿PodÃa usted esperar otra cosa? —añadÃ, con indignación.
—Yo no esperaba nada —replicó ella con calma aparente; pero una nota de emoción vibraba en su voz—. Estoy informada desde hace tiempo. He leÃdo sus pensamientos. El pensaba que yo buscaba… que insistirÃa…
Se detuvo, se mordió los labios y calló.
—He redoblado con toda intención mi desprecio hacia él —dijo al cabo de un instante—. Le esperaba en su modo de obrar. Si hubiese llegado un telegrama anunciando la herencia, le habrÃa despedido después de tirarle a la cara el dinero que le debe ese idiota —entiéndase el general—.
Hace mucho tiempo, mucho tiempo, que le odio. ¡No era el mismo hombre de otros tiempo, no, mil veces no…! ¡Pero ahora, ahora…! ¡Con qué placer le lanzarÃa a la cara esos cincuenta mil francos, con un salivazo además!
—Pero los documentos…, esa hipoteca de cincuenta mil francos que ha devuelto. ¿No es el general quien la tiene? PÃdala y devuélvasela a Des Grieux.
—¡Oh, no es lo mismo!
—No, en efecto; no es lo mismo. Además, ¿para qué le sirve ahora el general? ¿Y la abuela…? —dije de pronto.