El Jugador
El Jugador Paulina me miró con aire distraído, impaciente.
—¿La abuela? —replicó con disgusto—. No puedo ir a su casa… Y no quiero pedirle perdón a nadie —añadió, irritada.
—¡Qué hacer! —exclamé—. ¿Pero cómo, cómo ha podido usted amar a Des Grieux? ¡Oh, el cobarde, cobarde! Pues bien, ¿quiere usted que le desafíe y mate en duelo? ¿Dónde se halla ahora?
—En Francfort, donde pasará tres días.
—Una sola palabra de usted y salgo mañana mismo en el primer tren —le ofrecí con un entusiasmo estúpido.
Se echó a reír.
—Para que él le diga: “Empiece por devolverle los cincuenta mil francos.” ¿Y por qué se batirá con usted? ¡Qué absurdo!
—Entonces, ¿de dónde sacar esos cincuenta mil francos? ¿De dónde? —repetía yo, rechinando los dientes, como si fuera posible irlos recogiendo del suelo—. Pero ahora se me ocurre: ¿y Mr. Astley? —le pregunté, sintiendo surgir en mí una idea espantosa. Sus ojos brillaron.
—¡Entonces tú quieres que te deje para ir a buscar a ese inglés! —dijo con sonrisa amarga, hundiendo su mirada en mis ojos. Era la primera vez que me tuteaba.