El Jugador

El Jugador

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En aquel instante debió sentir una especie de vértigo a causa de la emoción, pues se dejó caer sobre el diván, como agotada.

Fue para mí como un rayo de luz. No podía creer lo que veía ni lo que oía. ¡Me amaba! ¡Había venido a mí y no había ido a Mr. Astley! Había venido sola a mi cuarto, ¡ella, una señorita! Se comprometía públicamente… ¡y yo permanecía plantado ante ella, sin comprender todavía!

Una idea fantástica me iluminó.

—¡Paulina, concédeme solamente una hora! ¡Espera aquí una hora y… volveré! ¡Es necesario! ¡Tú verás! ¡Quédate aquí, quédate aquí!

Y me lancé fuera de la habitación, sin contestar a su interrogación muda. Dijo algo, pero no me volví.

Sí; a veces la idea más absurda, la idea más fantástica en apariencia, se apodera de nosotros con tal fuerza que acabamos por creerla realizable…

Más todavía: si esa idea se asocia a un deseo violento, apasionado, se considera como algo fatal, ineludible, predestinado.

Quizá medie en ello un no sé qué, una combinación de presentimientos, un esfuerzo extraordinario de la voluntad, una intoxicación por la propia imaginación.


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