El Jugador
El Jugador No me paré a escucharles.
La avenida estaba oscura, tanto que difícilmente habría podido distinguir los dedos de mis manos. Había quinientos metros hasta el hotel. No he tenido nunca miedo, ni aun en mi niñez. En aquella hora tampoco pensaba en ello. No puedo recordar lo que iba pensando por el camino. Mi cabeza estaba vacía. Experimentaba tan sólo una especie de voluptuosidad intensa —embriaguez del éxito, de la victoria, de la potencia—; no sé cómo explicarme.
La imagen de Paulina surgía ante mí. Recordaba claramente que iba hacia ella, que dentro de un momento estaríamos reunidos, que le enseñaría mi ganancia… Pero había ya olvidado casi mis palabras, la razón de mi salida. Todas aquellas sensaciones, de hacía dos horas a lo sumo, me parecían algo ya pasado, viejo, caduco, algo que ya no evocaríamos, pues todo volvería a empezar.
Casi al final de la avenida el miedo me invadió de pronto. ¿Si me asesinasen y desvalijasen? A cada paso aumentaba mi temor. Casi corría. De pronto, al extremo de la avenida, nuestro hotel, espléndidamente iluminado, resplandeció en bloque: “¡Loado sea Dios! —me dije—. ¡Ya he llegado!” Corrí hasta mi habitación y abrí bruscamente la puerta. Paulina estaba allí, sentada en el diván, ante una luz encendida, las manos juntas.