El Jugador
El Jugador QuerÃa impresionar a la galerÃa con mi loca temeridad. Sin embargo —lo recuerdo muy bien—, una sed ardiente del riesgo me invadió de pronto, sin que el amor propio mediase en ello. Quizás estas sensaciones múltiples, lejos de saciar el alma, no hacen más que irritarla y hacer que exija sensaciones nuevas, cada vez más intensas hasta el agotamiento total. Y en verdad que no miento al decir que, si el reglamento hubiera permitido poner cincuenta mil florines en una sola jugada, los habrÃa arriesgado.
En torno mÃo decÃan todos que era una locura, que el rojo se habÃa dado ya catorce veces.
—Monsieur a déja gagné cent mille florins —sonó una voz a mi lado.
Me volvà de pronto. ¿Cómo? ¿HabÃa ganado cien mil florines en aquella velada? ¿Qué más querÃa? Me lancé sobre los billetes, los metà en mis bolsillos, sin contar; recogà todo el oro, todos los cartuchos, y salà rápidamente del casino.
Todos reÃan cuando atravesé por las salas, al ver mis bolsillos hinchados y mi paso desigual, que el oro hacÃa pesado. DebÃa llevar más de medio pud. Varias manos se tendieron hacia mÃ. Distribuà dinero a puñados. Dos judÃos me detuvieron a la salida.
—Usted es muy atrevido, muy atrevido —me dijeron—, márchese mañana mismo, por la mañana; si no lo perderá todo… todo.