El Jugador
El Jugador —Si quiere, se los llevaré yo mismo, a primera hora. ¿Qué le parece?
Se echó a reÃr, con risa prolongada.
La miré con dolorosa sorpresa. Aquella risa se parecÃa mucho a la risa burlona, tan suya, con que acogÃa siempre mis declaraciones más apasionadas. Por último dejó de reÃr y se puso sombrÃa.
Me miró severamente, de reojo.
—No tomaré su dinero —dijo, desdeñosa.
—¿Cómo? ¿Qué significa esto? —exclamé—. ¿Por qué, Paulina?
—Yo no tomo dinero de nadie.
—Se lo ofrezco a tÃtulo de amigo. Le he ofrecido también mi vida.
Me envolvió en una larga mirada escrutadora, como para penetrar a fondo mi pensamiento.
—Usted paga demasiado —dijo, sonriendo—; la querida de Des Grieux no vale cincuenta mil francos.
—¡Paulina! ¿por qué habla usted as� —exclamé, con reproche—. ¿Soy, acaso, Des Grieux?
—¡Le odio! ¡Le odio, como odio a Des Grieux! —dijo, y sus ojos brillaban.
Ocultó su rostro entre las manos y sufrió un ataque nervioso. Me acerqué a ella.
Algo debÃa haber ocurrido durante mi ausencia. No parecÃa hallarse en su estado normal.