El Jugador
El Jugador —¡No, no, tú eres muy bueno, muy bueno! —repetía ella—. ¡Me eres fiel!
Y otra vez volvía a echarme los brazos al cuello, me examinaba de nuevo, y seguía repitiendo: —Tú me amas… Tú me amas. ¿Me amarás?
La miraba fijamente. No la había visto nunca entregarse a semejantes efusiones. A decir verdad, deliraba…; pero al ver mi mirada apasionada, sonrió maliciosamente, y, de pronto, púsose a hablar de Mr. Astley.
Había iniciado ya este tema, poco antes, queriendo hacerme una confidencia, sólo que yo no llegué a comprender bien a qué se refería. Se burlaba, según creo. Repetía sin cesar que él la esperaba, que debía, seguramente, encontrarse esperando bajo la ventana.
—¡Sí, sí, bajo la ventana!… Abre, pues, y mira. ¡Está ahí!
Me empujó hacia la ventana, pero cuando me disponía a abrirla, se echó a reír. Yo me acerqué a ella y me abrazó apasionadamente.