El Jugador

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Y entonces fue cuando me sucedió una aventura tan extraordinaria como absurda. Me dirigía a toda prisa a las habitaciones del general. Al hallarme cerca de ellas se abrió una puerta y alguien me llamó. Era la señora viuda de Cominges, la cual me llamaba por encargo de la señorita Blanche. Entré en la habitación de esta última. Estas damas ocupaban una habitación reducida, dividida en dos compartimientos. Oíanse las risas y las voces de la señorita Blanche en el dormitorio. Se estaba levantando de la cama.

Ah, c’est lui! viens donc, bête! ¿Es verdad que has ganado una montaña de oro y de plata? Preferiría más el oro.

—Es verdad —contesté, riendo.

—¿Cuánto?

—Cien mil florines.

Bibi, comme tu es bête! Ven aquí. Nous ferons bombance, n’est-ce pas?

Me acerqué. Se hallaba tendida bajo una colcha de seda rosa, de donde salían unos hombros morenos, robustos, maravillosos —unos hombros como no he visto más que en sueños—, medio velados por una camisa de batista, adornada con puntillas de una blancura esplendorosa, lo que realzaba admirablemente su bronceada piel.


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