El Jugador

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—Sí, por toda la ciudad. Pero no creo que el general piense en eso, tiene otras cosas en qué pensar.

Además, miss Paulina tiene perfecto derecho a vivir donde le plazca. En cuanto a esa familia, puede decirse con razón que ya no existe.

Cuando regresaba al hotel me iba riendo de la asombrosa seguridad de aquel inglés que afirmaba que iría sin falta a París. “¡Quiere matarme en duelo si miss Paulina muere!… —pensaba—. ¡No me faltaba más que eso!”

Compadecía a Paulina, lo juro. Pero, cosa extraña, desde que había pasado la víspera junto al tapete verde empezando a recoger paquetes de billetes de banco, mi amor parecía haber pasado a segundo término. Esto lo digo ahora, pues en aquellos momentos no tenía conciencia de ello. ¿Es posible que sea yo un jugador? Verdaderamente, yo amaba a Paulina… de un modo raro. La amo siempre, Dios me es testigo. Pero, al volver a mi habitación, después de haber dejado a Mr. Astley, sufría sinceramente y me acusaba a mí mismo de graves pecados.



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