El Jugador
El Jugador Mr. Astley se encuentra con nosotros a menudo en el paseo. Se descubre y pasa muriéndose de ganas de acercarse a nosotros. Si se le invita, se apresura a rehusar. En los lugares donde nos sentamos, en el casino, en el concierto o delante de la fuente, no deja de pararse cerca de nosotros. Allí donde estemos —en el parque, en el bosque, en el Schlangenberg—basta mirar en torno nuestro para que, indefectiblemente, en el sendero vecino o detrás de una maleza, aparezca el inevitable Mr. Astley.
Creo que busca la ocasión para hablarme en privado. Esta mañana nos hemos encontrado y hemos cruzado dos o tres palabras. Habla casi siempre de un modo entrecortado. Antes de darme los buenos días comenzó por decir: —¡Ah, la señorita Blanche! ¡He visto muchas mujeres como ésa!
Se quedó luego callado, mirándome con aire significativo. Ignoro lo que intentaba expresar con eso, pues a mi pregunta “¿Qué quiere usted decir?”, se encogió de hombros con sonrisa maliciosa y añadió:
—Esto es así…
Y luego preguntó, de pronto:
—¿Le gustan las flores a la señorita Blanche?
—No lo sé —le contesté.
—¡Cómo! ¿Ignora usted esto? —exclamó con sorpresa.