El Jugador

El Jugador

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Tal día, una tarde por ejemplo, ocurre que el negro alterna continuamente con el rojo. Esto cambia a cada instante, de forma que cada uno de los dos colores no sale más que dos o tres veces seguidas. Al día siguiente, o a la misma tarde, el rojo sale solo, jugada tras jugada, por ejemplo, hasta veintidós veces seguidas, y continúa, así, infaliblemente, durante algún tiempo. Algunas veces un día entero.

Muchas de estas observaciones me han sido comunicadas por Mr. Astley, que permanece a todas horas junto al tapete verde, pero sin jugar ni una sola vez. Por lo que a mí se refiere, perdí todo mi dinero en muy poco tiempo. Primero puse veinte federicos al par y gané. Los puse de nuevo y volví a ganar. Y así dos o tres veces seguidas. Salvo error, reuní en algunos minutos unos cuatrocientos federicos.

Era el momento de marcharse, pero una ansia extraña se apoderó de mí. Experimentaba una especie de deseo de desafiar a la suerte, de hacerle burla, de sacarle la lengua. Arriesgué la mayor postura permitida, cuatro mil florines, y perdí. Luego, poseído por la exaltación, saqué todo el dinero que me quedaba; hice la misma postura y perdí del mismo modo.

Salí de la sala como aturdido. No podía comprender lo que me pasaba y no anuncié mi pérdida a Paulina Alexandrovna hasta el momento antes de cenar. Hasta esa hora había vagado por el parque.


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