El Jugador
El Jugador Durante la comida me sentí de nuevo excitado, exactamente igual que dos días antes. El francés y la señorita Blanche comían con nosotros. Esta última se hallaba por la mañana en el casino y había presenciado mis proezas. Esta vez se fijó más en mí.
El francés procedió más francamente y me preguntó “si había perdido todo mi dinero particular”. Tuve la impresión de que sospechaba de Paulina. Mentí y dije que si, el mío…
El general no salía de su asombro. ¿De dónde había sacado yo aquella suma? Le expliqué que había empezado con diez federicos y que al doblar mi postura seis o siete veces había llegado a ganar cinco o seis mil florines, y que luego en dos jugadas me quedé sin un céntimo.
Todo lo cual era verosímil. Al dar estas explicaciones miraba a Paulina, pero no pude leer nada en su rostro.
Me había dejado hablar sin interrumpirme, de lo que deduje que era necesario mentir y disimular que había jugado por ella. En todo caso, pensaba yo, me debe la explicación que me ha prometido esta mañana.
Esperaba que el general hiciese algún comentario, pero guardó silencio. En cambio, tenía un aire agitado e inquieto. Quizás, en la situación en que se hallaba, le era penoso saber que todo ese oro había estado en poder de un imbécil atolondrado como yo.