El Jugador
El Jugador —Usted olvida, sin duda —respondà tranquilamente—, que carezco de dinero. Hace falta antes tenerlo para perderlo en el juego.
—Voy a dárselo —respondió el general, sonrojándose ligeramente.
Buscó por su mesa, consultó un cuaderno, y resultó que me debÃa unos ciento veinte rublos.
—¿Cómo lo arreglaremos? —dijo—. Hay que cambiarlos en talers… Pero aquà tiene cien talers… Lo demás, naturalmente no lo perderá.
Tomé el dinero sin pronunciar palabra.
—Supongo que no interpretará mal mis palabras. Usted es tan susceptible… Si le hice esta observación fue sólo como una advertencia y creo tener derecho…
Al volver antes de la comida, con los niños, me encontré en el camino con toda la partida. Iban a contemplar no sé qué ruinas. Se veÃan dos carruajes soberbios y dos caballos magnÃficos. La señorita Blanche ocupaba uno de los coches con MarÃa Philippovna y Paulina; el francés, el inglés y nuestro general, les daban escolta a caballo. Los transeúntes se detenÃan a contemplar el lúcido cortejo.
