El Jugador
El Jugador Producía un efecto estupendo, aunque al general no le hacía ninguna gracia. Yo calculaba que con los cuatro mil francos que les había traído, y lo que ellos, por lo visto, habían pedido prestado, tendrían ahora siete u ocho mil francos. Muy poco, evidentemente, para la señorita Blanche.
La señorita Blanche se hospedaba también en nuestro hotel en compañía de su padre.
Nuestro francés igualmente. Los lacayos y camareros llamaban a éste señor conde. A la madre de la señorita Blanche, señora condesa. Bueno, después de todo, tal fueran conde y condesa.
Ya suponía yo que el señor conde no me reconocería a la hora de sentarnos a la mesa. Por supuesto, el general no pensaba en presentarnos, o al menos en nombrarme, y el señor conde, que había vivido en Rusia, sabía perfectamente cuán insignificante es la personalidad de un outchitel, como allí nos llaman.
Pero me conoce perfectamente. A decir verdad, nadie me esperaba todavía. Según parece, el general se olvidó de dar órdenes, y de buena gana me habría enviado a comer a la mesa redonda.
