El Jugador

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Me detuve en una espera respetuosa continuando mirándole y sin dejar de sonreírme. Su perplejidad era visible, fruncía las cejas hasta el nec plus ultra. Su rostro se ensombrecía cada vez más. La baronesa se volvió también y me contempló con perplejidad rencorosa. Los transeúntes nos observaban.

Algunos incluso se habían parado a ver.

—“Hein!” —gruñó de nuevo el barón con cólera redoblada.

—“Ja wohl!” (Perfectamente) —articulé, mientras continuaba mirándole fijamente a los ojos.

—“Sind sie rassend?” (¿Está usted loco?) —gritó blandiendo su bastón como si empezase a tener miedo. Quizá mi indumentaria le desconcertaba. Yo iba vestido correctamente, incluso con elegancia, como hombre de mundo.

—“Ja wo-h-ohl!” —grité, repentinamente, con todas mis fuerzas, prolongando la o, a la manera de los berlineses, que emplean a cada instante ese latiguillo en su conversación y prolongan más o menos la vocal o, para expresar diversos matices. Espantados, el barón y la baronesa dieron rápidamente media vuelta y se dieron casi a la huida. Entre el público algunas personas bromeaban, otros me miraban sin comprender. Por otra parte, mis recuerdos son vagos.


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