El Jugador

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El barón es seco, alto. Tiene, como es corriente entre alemanes, el rostro señalado con una cicatriz y surcado de pequeñas arrugas. Usa lentes. Aparenta cuarenta y cinco años de edad. Las piernas parece que le arrancan casi del pecho; signo de raza. Es vanidoso como un pavo real. Un tanto contrahecho.

Ese ser pesado tiene en sus facciones una expresión de borrego, lo que, según él, es indicio de superioridad.

Todo esto fue observado por mí en pocos segundos.

Mi saludo y mi sombrero en la mano llamaron apenas su atención. El barón frunció ligeramente las cejas. La baronesa me miró de frente.

—“Madame la baronne” —dije claramente marcando las sílabas—“j'ai l'honneur d'étre votre esclave”.

E inmediatamente saludé, me puse de nuevo el sombrero y pasé junto al barón, sonriéndole burlonamente.

Que me quitara el sombrero fue por orden de Paulina, pero me mostré insolente por voluntad propia y Dios sabe lo que me impulsaba a ello. Tenía la sensación de una caída.

—“Hein!” —gritó, o más bien gruñó el barón volviéndose hacia mí con aire sorprendido y enojado.


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