El Jugador
El Jugador —¡Basta, señor! —gritó bruscamente el general, con indignación contenida—. ¡Basta! Voy a intentar, de una vez y para siempre, librarme de sus chiquilladas. No tendrá usted necesidad de excusarse ante el barón y la baronesa. Toda relación con usted, aunque no se tratase más que de una simple demanda de perdón, les parecería demasiado humillante. El barón se ha enterado de que usted formaba parte de mi casa, se ha explicado conmigo, en el casino, y se lo confieso ha faltado poco para que me pidiese una satisfacción. ¿Comprende, señor, a lo que me ha expuesto? He tenido que presentar excusas al barón y dado mi palabra de que, hoy mismo, dejaría usted de formar parte de mi casa.
—Permítame, permítame, general. ¿Es realmente él quien ha exigido que no siga formando parte de “su casa” como usted dice?
—No, pero yo mismo he juzgado necesario darle esta satisfacción y, naturalmente, el barón se ha dado por satisfecho. Vamos a separarnos, señor mío. Va a recibir de mí, en moneda del país, cuatro federicos y tres florines. He aquí el dinero y he aquí el recibo. Puede contarlo. Adiós. Ahora somos extraños el uno para el otro. No he recibido de usted más que molestias. Voy a llamar al camarero y le diré que a partir de mañana no respondo de sus gastos en el hotel. Tengo el honor de renunciar a su servicio.