El Jugador

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En la mesa, el francés se puso en evidencia por sus incorrecciones. Trataba a todo el mundo con altanería. En Moscú, por el contrario, si no recuerdo mal, procuraba pasar desapercibido. Habló mucho de hacienda y de política rusa. El general se permitió algunas veces contradecirle, aunque muy poco: lo imprescindible para dejar a salvo su prestigio.

Yo estaba de mal humor. No hay ni que decir que, antes de la mitad de la comida, me había formulado ya la eterna pregunta: “¿Porqué andaré ligado a este general y por qué no le habré abandonado desde hace largo tiempo?”

De cuando en cuando miraba furtivamente a Paulina Alexandrovna, la cual no me prestaba la menor atención. Finalmente la cólera se apoderó de mí y decidí estallar. Empecé por mezclarme en voz alta a la conversación. Deseaba, sobre todo, provocar una discusión con el francés. Dirigiéndome al general (creo, incluso, haberle interrumpido mientras hablaba), le hice notar que aquel verano los rusos no podían sentarse a comer en la mesa redonda. El general me asestó una mirada de asombro.




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