El Jugador
El Jugador —A poco que uno se respete —continué—, se experimenta una gran molestia. En ParÃs, en el Rin, incluso en la misma Suiza, las mesas de los hoteles están hasta tal punto llenas de polacos y de sus buenos amigos los franceses que a un buen ruso no le es posible pronunciar una palabra.
Me expresaba en francés. El general me miraba fijamente, no sabiendo si debÃa enfadarse o sólo mostrar sorpresa por mi falta de tacto.
—Eso significa que alguien le ha dado a usted una lección —dijo el francés despectivamente.
—En ParÃs —respondile—tuve un altercado con un polaco, y luego con un oficial francés que salió en su defensa. Pero muchos de los franceses se pusieron de mi parte al oÃrme contar cómo casi escupà en el café de un Monseñor.
—¿Escupir? —preguntó con altivez el general y lanzó una mirada en torno de la mesa. El francés me miró con recelo.
—Asà es —contesté—. Durante dos dÃas supuse que vuestros asuntos me retendrÃan en Roma.