El Jugador

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Sentí una especie de deslumbramiento. Mis labios palidecieron y empecé a temblar. El maldito francés afectaba una discreción extrema y apartaba su vista, como para no notar mi turbación. Habría preferido que se hubiera reído de mí.

—Está bien —le respondí—. Diga a la señorita Blanche que se tranquilice. Permítame, sin embargo, preguntarle —añadí bruscamente— por qué ha tardado usted tanto en entregarme esta carta. En lugar de discutir cosas insustanciales, creo que usted debía haber empezado por ahí… si es que ha venido realmente para cumplir ese encargo.

—¡Oh! Yo quería… Todo esto es tan extraño que le ruego me excuse por mi natural impaciencia… Tenía prisa por saber, por usted mismo, sus intenciones. Por otra parte, ignoraba el contenido de la carta, y pensé que podía entregársela en cualquier momento.

—Comprendo. A usted le mandaron que no entregara la carta más que en el último extremo, en caso de que usted no hubiese podido arreglar las cosas de palabra. ¿No es así? ¡Hable francamente, Des Grieux!

—“Peut-être” —asintió, afectando una extremada reserva y lanzándome una mirada significativa.

Cogí mi sombrero; me saludó con una inclinación de cabeza y se fue. Me pareció ver en sus labios una sonrisa burlona. ¿Podía ser de otro modo?


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