El Jugador

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Al dirigirme a casa de Mr. Astley, estaba firmemente decidido a no hablar para nada de mi amor ni había tenido ocasión de dirigirle la palabra. Además, él, por su parte, era muy tímido. Yo había notado, desde el principio, que Paulina le producía una impresión extraordinaria, a pesar de que jamás pronunciaba su nombre. Pero, cosa extraña: cuando se hubo sentado y me miró con mirada bondadosa, experimenté de pronto, Dios sabe por qué, deseos de contárselo todo, es decir, mi amor con todos sus sinsabores.

Hablé durante media hora y esto me producía un placer muy grande. ¡Era la primera vez que me desahogaba! Habiendo notado su turbación al oírme decir ciertas frases apasionadas, aumentaba deliberadamente el ardor de mi relato. De una sola cosa me arrepiento: quizás hablé demasiado respecto al francés.

Mr. Astley escuchaba, sentado frente a mí, inmóvil y silencioso, sus ojos fijos en los míos. Mas cuando me referí al francés, interrumpió de pronto y me preguntó gravemente si tenía derecho a mencionar aquella circunstancia secundaria. Mr. Astley formulaba siempre de un modo extraño sus preguntas.

—Tiene usted razón; temo que no —le contesté.

—Usted no puede decir nada de particular sobre ese marqués y sobre miss Paulina, aparte de simples suposiciones.


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