Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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XII

Aquellos dos ancianos se querían mucho. El amor y una larga convivencia los habían unido indisolublemente. Pero Nikolái Sergueich, no sólo ahora, sino ya en el pasado, en los tiempos felices, siempre había sido algo arisco con Anna Andréievna, y hasta áspero a veces, sobre todo delante de otras personas. Algunos individuos de carácter sensible y delicado manifiestan en ocasiones cierta obstinación, cierta resistencia pudorosa a expresarse y a mostrarle su afecto incluso a la persona más querida, no solamente en público, sino también en la intimidad; más aún, de hecho, en la intimidad; sólo de tarde en tarde se les escapa una muestra de cariño, que surge con más fuerza, con más fogosidad, cuanto más tiempo haya sido reprimido. Así se había venido comportando, en buena medida, el viejo Ijménev, ya desde joven, con Anna Andréievna. La respetaba y la amaba inmensamente, pese a no ser más que una buena mujer que lo único que sabía era amarle, pero le molestaba mucho que ella, en su simplicidad, le demostrara abiertamente su amor, y a veces de una forma demasiado efusiva. Pero tras la marcha de Natasha se habían vuelto algo más cariñosos el uno con el otro, movidos por la penosa sensación de haberse quedado solos en el mundo. Y, aunque Nikolái Sergueich en algunos momentos se volvía terriblemente sombrío, eran incapaces de estar dos horas separados sin empezar a echarse de menos. Tenían el acuerdo tácito de no decir ni una palabra sobre Natasha, como si ésta no existiera. Anna Andréievna ni tan siquiera se atrevía a aludir a ella delante de su marido, aunque le resultara muy duro. En su corazón, hacía ya mucho tiempo que la había perdonado. Entre nosotros se había establecido en cierto modo el compromiso de que cada vez que fuera de visita le llevara noticias de su querida hija, en la que no dejaba de pensar.


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