Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Entró el viejo. Nos dirigió una mirada curiosa y apurada, frunció el ceño y se acercó a la mesa.
—¿Y el samovar? —preguntó—. ¿Cómo es que aún no lo han traído?
—En seguida lo traen, bátiushka, en seguida; mira, ya está aquí —se apresuró a responder Anna Andréievna.
En cuanto vio a Nikolái Sergueich, Matriona se presentó con el samovar, como si hubiera estado esperando su aparición para sacarlo. Matriona era una vieja sirvienta experimentada y fiel, así como la más rezongona y testaruda de todas las criadas del mundo, con un carácter terco y obstinado. A Nikolái Sergueich le tenía miedo y, estando él delante, se mordía siempre la lengua. En cambio, se despachaba a gusto con Anna Andréievna, cada dos por tres se mostraba insolente con ella y pretendía claramente dominar a su señora, aunque, al mismo tiempo, les profesaba un cordial y sincero afecto tanto a ella como a Natasha. Yo a Matriona la había conocido ya en Ijménevka.
—¡Hum! Qué molesto es estar empapado, y que encima a uno no le quieran servir el té —refunfuñaba el viejo a media voz.
