Humillados y ofendidos

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XIII

Entró el viejo. Nos dirigió una mirada curiosa y apurada, frunció el ceño y se acercó a la mesa.

—¿Y el samovar? —preguntó—. ¿Cómo es que aún no lo han traído?

—En seguida lo traen, bátiushka, en seguida; mira, ya está aquí —se apresuró a responder Anna Andréievna.

En cuanto vio a Nikolái Sergueich, Matriona se presentó con el samovar, como si hubiera estado esperando su aparición para sacarlo. Matriona era una vieja sirvienta experimentada y fiel, así como la más rezongona y testaruda de todas las criadas del mundo, con un carácter terco y obstinado. A Nikolái Sergueich le tenía miedo y, estando él delante, se mordía siempre la lengua. En cambio, se despachaba a gusto con Anna Andréievna, cada dos por tres se mostraba insolente con ella y pretendía claramente dominar a su señora, aunque, al mismo tiempo, les profesaba un cordial y sincero afecto tanto a ella como a Natasha. Yo a Matriona la había conocido ya en Ijménevka.

—¡Hum! Qué molesto es estar empapado, y que encima a uno no le quieran servir el té —refunfuñaba el viejo a media voz.


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