Humillados y ofendidos

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XIV

Llegué ya tarde a casa de Natasha, a las diez. Vivía entonces en Fontanka, cerca del puente Semiónovski, en un mugriento bloque propiedad del comerciante Kolotushkin, en la cuarta planta. En los primeros tiempos, tras abandonar su casa, Aliosha y ella vivieron en un apartamento bastante agradable, algo pequeño pero bonito y cómodo, situado en un tercer piso de la calle Litéinaia. Pero al joven príncipe se le agotaron pronto los recursos. No se hizo profesor de música, sino que empezó a pedir dinero prestado y contrajo enormes deudas. Había utilizado el dinero para decorar el apartamento y hacerle regalos a Natasha, la cual se oponía a semejantes dispendios, le sermoneaba y a veces hasta lloraba. Aliosha, sensible y emotivo, se pasaba en ocasiones la semana entera pensando con deleite en qué regalarle y en cómo acogería ella sus presentes, haciendo de todo esto una auténtica fiesta para sí mismo. Entusiasmado, me comunicaba de antemano sus esperanzas e ilusiones, pero luego, en vista de los reproches y lágrimas de la muchacha, se sumía en un doloroso desconsuelo, y por culpa de aquellos regalos surgían entre ellos recriminaciones, disgustos y peleas. Además, Aliosha despilfarraba mucho dinero a espaldas de Natasha; se dejaba arrastrar por los compañeros, la engañaba y visitaba a toda suerte de Joséphines y de Minnas. Y, sin embargo, la quería mucho. La amaba de un modo tormentoso. Solía presentarse en mi casa, triste y afligido, diciendo que no valía ni el dedo meñique de su Natasha, que era un hombre bruto y malvado, incapaz de comprenderla, y que no era digno de su amor. En parte tenía razón; no se trataban como iguales; él se sentía ante ella como un niño y ella siempre le consideraba como tal. Deshecho en lágrimas, me confesaba sus relaciones con Joséphine y, al mismo tiempo, me imploraba que no le contara nada a Natasha; y cuando, azorado y tembloroso, regresaba a casa después de hacerme todas aquellas confidencias, me tocaba a mí acompañarle (forzosamente a mí, pues me aseguraba que él no tenía valor para mirarla a los ojos tras cometer aquella falta y que yo era el único que podía apoyarle). En esas ocasiones Natasha, con sólo verle, sabía ya de qué se trataba. Era muy celosa; no comprendo cómo le perdonaba siempre sus insensateces. Por lo general, la escena se desarrollaba del siguiente modo: entrábamos Aliosha y yo, él se ponía a hablar tímidamente con ella y la miraba a los ojos con azorada ternura. Ella en seguida adivinaba su culpa, pero no lo dejaba entrever, nunca era la primera en hablar del asunto, ni le tiraba de la lengua; al contrario, redoblaba de inmediato sus caricias y se mostraba más tierna, más alegre. Y eso no obedecía a ninguna actuación ni estratagema. En absoluto; aquella maravillosa criatura encontraba una infinita satisfacción en mostrarse indulgente y misericorde, como si en el proceso mismo de perdonar a Aliosha hallase un goce particularmente intenso. Es verdad que por aquel entonces se trataba sólo de las Joséphines. Al verla tan tierna y tan clemente, Aliosha no podía contenerse e inmediatamente le confesaba todo, sin necesidad de que ella le preguntase, para aliviar así su corazón y conseguir que todo volviera a «ser como antes», decía. Tras obtener su perdón, caía en éxtasis, a veces hasta lloraba de emoción y júbilo, y la besaba y abrazaba. En seguida se ponía muy alegre y empezaba a contar con infantil sinceridad todos los pormenores de sus aventuras con Joséphine, reía a carcajadas, colmaba a Natasha de bendiciones y alabanzas, y la velada concluía feliz y alegremente. Cuando se le acabó todo el dinero, empezó a vender cosas. Atendiendo los requerimientos de Natasha, encontró un piso pequeño, pero barato, en Fontanka. Siguieron desprendiéndose de cosas; Natasha vendió incluso sus vestidos y se puso a buscar trabajo. Cuando Aliosha se enteró de aquello, su desesperación no tuvo límites: se maldecía a sí mismo, gritaba diciendo que se despreciaba y, sin embargo, no hizo nada para remediar la situación. Por aquel entonces se les agotaron los últimos recursos; sólo quedaba el trabajo, pero la paga era insignificante.


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