Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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XV

Encontré a Natasha sola. Paseaba en silencio de un lado a otro de la habitación, con los brazos cruzados, ensimismada. El samovar, apagado, llevaba mucho tiempo esperándome sobre la mesa. Sin decir nada, me tendió la mano con una sonrisa. Tenía el semblante pálido, enfermizo. Había en su sonrisa algo de sufrimiento, de ternura, de paciencia. Sus claros ojos azules parecían más grandes que antes, y su cabello más espeso; todo era consecuencia de la delgadez y la enfermedad.

—Creía que ya no vendrías —dijo al estrecharme la mano—. He estado a punto de enviar a Mavra a tu casa para comprobar si habías vuelto a caer enfermo.

—No, no he vuelto a caer enfermo, es que me han entretenido; ahora te cuento. Pero ¿qué te ocurre, Natasha? ¿Qué ha sucedido?

—No ha sucedido nada —respondió como extrañada—. ¿Por qué lo dices?

—Como me has escrito… me pediste ayer que viniera, indicándome hasta la hora a la que debía presentarme, ni antes ni después. Lo encuentro un tanto extraño.

—¡Ah, sí! Es que ayer le esperaba a él.

—¿Cómo? ¿Y tampoco vino ayer?

—No. Y pensé que, si no venía, debía hablar contigo —añadió tras un momento de silencio.

—¿Y esta noche le esperabas?

—No, no le esperaba; hoy iba allí.


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