Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Y cuándo llegará?
—No lo sé… Aún tengo que sufrir para alcanzar nuestra futura felicidad, comprarla a costa de nuevos tormentos. El sufrimiento lo purifica todo… ¡Ay, Vania, cuánto dolor hay en la vida!
Me quedé callado y la miré pensativo.
—¿Por qué me miras así, Aliosha… digo… Vania? —preguntó, sonriendo al rectificar.
—Me estaba fijando en tu sonrisa, Natasha. ¿De dónde la has sacado? Antes no tenías esa sonrisa.
—¿Y qué le pasa a mi sonrisa?
—Aún conserva su viejo candor infantil, es verdad… Pero, cuando sonríes, parece al mismo tiempo como si se te partiera el corazón. Cómo has adelgazado, Natasha; y tu cabello parece más espeso… ¿Qué vestido es ese que llevas? ¿Es uno de los que te hiciste cuando aún vivías con tus padres?
—¡Cuánto me quieres, Vania! —contestó, dirigiéndome una mirada cariñosa—. Bueno, y tú ¿qué haces ahora? ¿Cómo te van las cosas?