Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Como siempre; sigo escribiendo mi novela; pero me cuesta mucho, no me sale nada. Se me ha agotado la inspiración. Trabajando mucho a lo mejor saldrÃa algo interesante; serÃa una pena echar a perder una buena idea. Y ésa es una de mis favoritas. Pero tengo que cumplir los plazos con la revista. Estoy pensando incluso en abandonar la novela e inventarme a toda prisa algún relato, algo gracioso y ligero, nada de cosas sombrÃas… ¡Nada de eso! ¡Todo el mundo tiene que estar contento y alegre!
—¡Pobre, tú sà que trabajas! ¿Y qué hay de Smith?
—Pero si Smith murió.
—¿No se te habÃa aparecido? Te estoy hablando en serio, Vania: estás enfermo, tienes los nervios destrozados, andas siempre perdido en tus sueños. Cuando me dijiste que ibas a alquilar ese piso, ya me di yo cuenta de lo que te pasaba. ¿Y qué? ¿Es húmedo, insalubre?
—Pues sÃ. Y, para colmo, esta noche me ha ocurrido una historia… Luego te la cuento.
Ya no me escuchaba, estaba profundamente ensimismada.
—No comprendo cómo pude marcharme entonces de su casa; fue un arrebato —dijo por fin, mirándome con unos ojos que no demandaban respuesta.