Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Cualquiera sabe: no hay forma de averiguar qué es lo que habrá decidido. Y no es verdad que dé muchas vueltas a las cosas: lo cuento tal y como fue. Lo cierto es que no decidió nada, acogió todos mis comentarios con una sonrisa, como si yo le diera lástima. Comprendo que es algo humillante, pero no me avergüenzo. «Mira —me decÃa—, yo estoy totalmente de acuerdo contigo; pero ¿qué te parece si vamos a ver al conde NaÃnski? Y espero que no se te ocurra decir allà estas cosas. Yo te entiendo, pero esa gente no te entenderÃa.» Tengo la impresión de que últimamente a mi padre tampoco lo reciben con los brazos abiertos; por alguna razón, están enfadados con él. En general, en la alta sociedad no se le tiene mucho aprecio. De entrada, el conde me recibió con desdén, mirándome por encima del hombro, como si se hubiera olvidado por completo de que me habÃa criado en esa casa. Claro que luego empezó a hacer memoria, es verdad. Sencillamente, estaba enfadado conmigo por mi ingratitud, pero lo cierto es que no habÃa tal; yo en aquella casa me aburrÃa terriblemente, asà que habÃa dejado de aparecer por allÃ. A mi padre también lo recibió con frialdad; con tanta frialdad que no me explico cómo puede seguir yendo a esa casa. Todo aquello me sublevó. Mi pobre padre prácticamente se ve obligado a doblar el espinazo ante ellos; comprendo que lo hace por mÃ, pero el caso es que a mà no me hace ninguna falta. Más tarde, quise manifestarle a mi padre todos mis sentimientos, pero me contuve. Total, ¡para qué! Sus convicciones no se las voy a hacer cambiar, lo único que voy a conseguir es enojarle; y bastante sufre él ya. «Bueno —pensé—, habrá que recurrir a la astucia; tengo que ser más astuto que ellos, haré que el conde me respete». ¿Y bien? ¡No voy a tardar en conseguirlo, en un solo dÃa todo ha cambiado! El conde NaÃnski ahora mismo no sabe qué hacer conmigo. ¡Y todo esto lo he conseguido yo solo, gracias a mi astucia, y mi padre me ha abierto sus brazos!