Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Natasha palideció y se puso de pie. De pronto, los ojos se le encendieron. Se quedó de pie, apoyándose ligeramente en la mesa, y miraba con inquietud a la puerta, por la que estaba a punto de entrar aquel huésped al que nadie habÃa invitado.
—No temas, Natasha, ¡estás conmigo! No voy a consentir que te ofenda —le susurró Aliosha, que estaba turbado, pero conservaba su entereza.
La puerta se abrió, y en el umbral apareció el prÃncipe Válkovski en persona.