Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —PermÃtame, ante todo, que le diga un par de cosas —empezó, señalando a su hijo—. Al poco de marcharte, Aliosha, sin esperarme y sin despedirte siquiera, le comunicaron a la condesa que Katerina Fiódorovna se encontraba mal. La condesa ya estaba dispuesta a ir corriendo a averiguar qué le habÃa ocurrido cuando la propia Katerina Fiódorovna apareció de pronto, muy agitada y abatida. Nos dijo, sin más preámbulos, que no puede convertirse en tu esposa. También dijo que iba a ingresar en un convento, que le habÃas pedido su ayuda y le habÃas confesado que amas a Natalia Nikoláievna… Esta declaración tan increÃble de Katerina Fiódorovna y, por añadidura, en un momento asÃ, era consecuencia de las explicaciones, verdaderamente estrambóticas, que acababas de darle. ParecÃa estar fuera de sÃ. Como podrás comprender, la noticia me ha afectado profundamente. Al pasar por aquà cerca, he visto que habÃa luz en sus ventanas —prosiguió, dirigiéndose a Natasha—. En ese momento se ha apoderado de mà una idea que me rondaba ya hacÃa tiempo, con tanta fuerza que no he sido capaz de contener mis impulsos y he decidido subir a verles. ¿Con qué fin? Ahora voy a ello, pero quisiera pedirles de antemano que no se sorprendan si hay cierta brusquedad en mis explicaciones. Ha sido todo tan repentino…