Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Se acercó directamente a Natasha y le dijo, mirándola con dureza:
—Mi presencia en esta casa, a estas horas, y sin haberme anunciado de antemano, es algo extraña y no se ajusta a las reglas habituales; pero confÃo en que usted concederá que, al menos, soy capaz de admitir lo excéntrico de mi comportamiento. Yo también sé con quién estoy tratando: sé que es usted tan perspicaz como noble. Sólo le pido que me conceda diez minutos, con la esperanza de que pueda comprenderme y justificarme.
Dijo todo esto con solemnidad, pero también haciendo un esfuerzo y en un tono algo apremiante.
—Siéntese —dijo Natasha, que todavÃa no se habÃa librado de la turbación inicial y de cierto temor.
Inclinó levemente la cabeza y se sentó.