Humillados y ofendidos

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IV

Seguimos andando un buen rato, hasta llegar a la avenida Maly. La chiquilla iba muy deprisa, casi corriendo; al final, entró en una tienda. Yo me quedé parado, esperándola. «No va a vivir en una tienda», pensé.

En efecto, un minuto más tarde salía de la tienda, pero ya no tenía los libros. En su lugar, llevaba una especie de taza de barro. Siguió caminando y un poco más adelante entró en el portal de una casa con mala pinta. Era una casa pequeña, aunque de piedra, vieja, de dos pisos, pintada de un color amarillo sucio. De una de las ventanas de la planta baja —había tres en total— colgaba un pequeño féretro rojo, que anunciaba el taller de un modesto fabricante de ataúdes. En el piso de arriba había unas ventanas minúsculas y perfectamente cuadradas, con unos cristales deslucidos, verdes y rajados, a través de los cuales se adivinaban unas cortinas rosadas de calicó. Crucé la calle, me acerqué a la casa y leí la placa de hierro que colgaba sobre el portal: aquella casa pertenecía a la señora Búbnova, una burguesa.




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