Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ah! Pero ¡si eres tú, Maslobóiev! —exclamé, reconociendo de pronto a un antiguo compañero de estudios en el gimnasio—. ¡Caramba, qué sorpresa!
—¡SÃ, toda una sorpresa! Seis años llevábamos sin vernos. Bueno, sà nos habÃamos visto, pero su excelencia no tuvo a bien dirigirse a mÃ. Como el señor es general; literario, me refiero… —Mientras decÃa todo esto, seguÃa con su sonrisa burlona.
—Vamos, Maslobóiev, amigo mÃo, no digas disparates —le interrump×. En primer lugar, yo no tengo nada de general, por muy literario que sea; en segundo lugar, permite que te diga que, en efecto, me acuerdo muy bien de que en dos ocasiones nos cruzamos por la calle, y fuiste tú, claramente, el que me evitó a mÃ. Y ¿qué sentido tenÃa dirigirme a alguien que pretendÃa evitarme? Y ¿sabes lo que pienso? Pues que, si ahora mismo no estuvieras borracho, tampoco me habrÃas dicho nada. ¿A que sÃ? Bueno, ¿cómo te va? No sabes cuánto me alegro de verte, hermano.
