Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos A las siete en punto estaba en casa de Maslobóiev. Vivía en la Shestilávochnaia, en el ala de una casa pequeña, en un apartamento poco acogedor de tres habitaciones, aunque no estaban mal amuebladas. Incluso se podía apreciar cierta holgura y, al mismo tiempo, una dejadez extrema. Me abrió la puerta una joven preciosa, de unos diecinueve años, vestida con tanta sencillez como encanto, muy atildada, con unos ojos muy simpáticos y alegres. No tardé en adivinar que se trataba, precisamente, de esa Aleksandra Semiónovna a la que había aludido por la mañana, invitándome a conocerla. Me preguntó quién era yo y, al oír mi nombre, me dijo que Maslobóiev me esperaba, pero que en esos momentos estaba durmiendo en su cuarto, y me condujo hasta allí. Dormía en un estupendo y confortable sofá, tapado con su capote sucio, con la cabeza apoyada en un raído cojín de piel. Tenía el sueño muy ligero, de modo que, nada más entrar, me llamó por mi nombre.
—Ah, ¿eres tú? Te esperaba. Justo en estos momentos estaba soñado que venías y me despertabas. Entonces ya es la hora. Vámonos.
—¿Adónde vamos?
—A ver a una señora.
—¿A qué señora? Y ¿para qué?
