Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Mira, Vania, lo primero, vamos a tomar ese coche. Eso es. Y, en segundo lugar, tengo que decirte que, desde que hablamos antes, he podido averiguar alguna cosa, y no se trata de conjeturas, sino de certezas. Estuve otra hora más en la isla VasÃlievski. El gordo aquel es un canalla redomado, sucio, repugnante, extravagante y con toda clase de gustos abyectos. Esta Búbnova es conocida hace tiempo por ciertos negocios suyos de ese mismo género. Hace unos dÃas estuvieron a punto de sorprenderla con una chiquilla de una familia respetable. Los vestidos de muselina con los que ataviaba a esa huérfana (según tú mismo me contaste hace unas horas) me dieron que pensar, porque antes ya habÃa oÃdo yo algo parecido. Hoy he podido enterarme de algunas cosas más; por pura casualidad, cierto, pero parecen fiables. ¿Cuántos años tiene la niña?
—A juzgar por su cara, tendrá unos trece.
—Y a juzgar por su estatura, menos. SÃ, seguro que eso es lo que hace: según convenga, unas veces dirá que tiene once, y otras veces dirá que quince. Y como la pobrecilla no tiene quien la ampare, ni familia…
—¡Será posible!