Humillados y ofendidos

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VIII

Me levanté muy temprano. Me había pasado toda la noche despertándome casi cada media hora, acercándome a mi pobre huésped y examinándola atentamente. Tenía fiebre y deliraba levemente. Pero al alba se quedó profundamente dormida. Buena señal, pensé; no obstante, al despertarme por la mañana, decidí ir corriendo en seguida a buscar un médico, aprovechando que la pobrecilla seguía durmiendo. Conocía a un doctor, un bondadoso solterón que vivía desde tiempo inmemorial en la calle Vladímirskaia con su ama de llaves alemana. Fui a verlo. Me prometió venir a casa a las diez. Todavía eran las ocho; me habría encantado acercarme de paso a ver a Maslobóiev, pero deseché esa idea: seguramente, aún estaría durmiendo; además, Yelena podía despertarse y se asustaría al verse en mi apartamento. Dado su delicado estado de salud, era muy posible que no recordara cómo, cuándo y por qué medios había ido a parar a mi casa.







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