Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me desperté enfermo, bastante tarde, a eso de las diez de la mañana. Me dolÃa la cabeza, y todo me daba vueltas. Miré a la cama de Yelena: estaba vacÃa. En ese momento, desde la parte derecha del cuarto me llegaron unos ruidos, como si alguien estuviera barriendo. Me acerqué a mirar. Yelena, con la escoba en una mano, mientras se sujetaba con la otra su elegante vestido —aún no se lo habÃa cambiado desde que habÃa llegado—, barrÃa el suelo. HabÃa apilado en un rincón la leña para la estufa; la mesa estaba limpia, la tetera fregada; en definitiva, Yelena estaba haciendo las tareas de la casa.
—Escucha, Yelena —le grité—, ¿quién te ha mandado barrer? No me parece bien que lo hagas, estás mala; no estás aquà para trabajar.
—Y ¿quién va a barrer aquà los suelos si no? —replicó, poniéndose recta y mirándome a la cara—. Yo ya no estoy mala.
—Pero no te he traÃdo para que trabajes, Yelena. ¿No será que tienes miedo de que te eche en cara, como la Búbnova, que estás viviendo a mi costa? Y ¿de dónde has sacado esa birria de escoba? Aquà no habÃa ninguna escoba —añadÃ, mirándola con asombro.
—Esta escoba es mÃa. La traje yo misma. También a mi abuelo le barrÃa los suelos cuando vivÃa aquÃ. Y desde entonces ha estado ahà metida, debajo de la estufa.
