Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Irrumpió en la habitación gozoso y contento, con la cara radiante. Se notaba que habÃa pasado aquellos cuatro dÃas alegre y feliz. En su rostro traÃa escrito que querÃa comunicarnos una noticia.
—¡Aquà estoy! —proclamó ante todos los presentes—. El que debÃa haber llegado el primero. Pero ¡en seguida lo sabréis todo, todo, todo! Esta mañana, papá, apenas hemos podido cambiar un par de palabras, y yo tenÃa tanto que decirte. Sólo cuando está de buenas me permite que le trate de tú —añadió, dirigiéndose a m×, el resto del tiempo me lo tiene prohibido, créame. Y menuda táctica emplea: él mismo empieza a tratarme de usted. Pero ¡a partir de hoy quiero que esté siempre de buen humor, y lo voy a conseguir! He cambiado por completo en estos cuatro dÃas, he cambiado de pies a cabeza; ahora os lo cuento. Dentro de un rato. Lo más importante, ahora mismo, es que ella está aquÃ. ¡AquÃ! ¡Otra vez! Natasha, cariño, ¿cómo estás, ángel mÃo? —dijo, sentándose a su lado y besándole la mano ansiosamente—. ¡Cuánto te he echado de menos estos dÃas! Pero asà son las cosas. ¡No he podido evitarlo! ¡No dependÃa de mÃ! ¡Querida mÃa! Parece que has adelgazado un poco, estás más pálida…
