Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Ya sé todo eso, hermano, ya lo sé —replicaba el viejo, que quizá oÃa por primera vez en su vida todas aquellas historias—. ¡Hum! Oye, Vania, me alegro de que al menos no hayas escrito en verso tu obra. Los versos, hermano, son una sandez; no me discutas y cree a este viejo; yo sólo quiero tu bien; ¡una auténtica sandez, una forma de perder el tiempo! Los versos son para que los escriban los estudiantes, pero en un joven de tu edad serÃa para acabar en el manicomio… Admitamos que Pushkin es grande, ¿quién puede negarlo? Sin embargo, no dejan de ser versitos y nada más; es algo tan efÃmero… Yo, la verdad, no lo he leÃdo mucho… Pero la prosa es algo distinto. Con ella el escritor puede hasta instruir… o hablar del amor a la patria o de las virtudes en general… ¡SÃ! Yo, hermano, no sé explicarme bien, pero tú me comprendes; te lo digo porque te quiero. Pero… bueno, ¡venga! ¡Léenos eso! —concluyó con cierto tono protector, cuando por fin llevé el libro y después del té nos sentamos todos en torno a la mesa redonda—. Léenos lo que has emborronado. ¡Se habla mucho de ti! ¡Veamos, veamos!
Abrà el libro y me dispuse a leer. Aquella misma tarde acababa de salir mi novela de la imprenta y, tras hacerme al fin con un ejemplar, corrà a casa de los Ijménev a leerles mi obra.