Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡No, padre, no! —exclamó Aliosha—. Si no me he sublevado contra ti ha sido porque no me creo que hayas podido ofenderla. ¡Y me niego a creer que haya nadie capaz de ofender de ese modo!

—¿Lo oye? —gritó el príncipe.

—Natasha, toda la culpa es mía, no le culpes a él. ¡Cometerías un terrible pecado!

—¿Lo oyes, Vania? ¡Ya se ha vuelto contra mí! —gritó Natasha.

—¡Basta! —dijo el príncipe—. Hay que poner fin a esta penosa escena. Ese ciego y salvaje ataque de celos, que supera cualquier límite, me permite contemplar su carácter a una nueva luz. Quedo prevenido. Nos hemos precipitado, qué duda cabe, nos hemos precipitado. Usted ni siquiera se da cuenta de cómo me ha ofendido; eso, para usted, no tiene la menor importancia. Nos hemos precipitado… Nos hemos precipitado… Como es natural, mi palabra debería ser sagrada, pero… yo soy padre y deseo la felicidad de mi hijo…

—Se retracta usted —gritó Natasha, fuera de sí—. ¡Se alegra de lo ocurrido! Pues sepa que yo misma, hace ya dos días, aquí sola, decidí exonerar a Aliosha de su promesa, y ahora lo ratifico delante de todos. ¡Renuncio al matrimonio!


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