Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Seguramente, lo que usted pretende es reavivar en él sus viejas inquietudes, el sentido del deber, toda esa angustia por sus obligaciones (como usted misma decÃa hace un rato), para volver a atarle a usted. Eso es lo que se desprende de su propia teorÃa, por eso me permito decirlo. Pero ya basta, el tiempo lo decidirá. Esperaré a un momento más tranquilo para aclararlo todo con usted. ConfÃo en que no rompamos definitivamente nuestras relaciones. Y confÃo también en que aprenda a valorarme mejor. Hoy mismo querÃa haberle expuesto mis planes con respecto a sus padres, y usted habrÃa podido ver que… pero ¡basta! Iván Petróvich —añadió, dirigiéndose a m×, ahora más que nunca me agradarÃa conocerle mejor, algo que deseaba hace ya tiempo. Espero que me entienda. Dentro de unos dÃas iré a visitarle, si usted me lo permite.
Incliné la cabeza. Tuve la sensación de que en lo sucesivo me resultarÃa imposible rehuir su trato. Me estrechó la mano, se inclinó en silencio ante Natasha y salió con aire de dignidad ultrajada.