Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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IV

Estuvimos unos minutos sin pronunciar una palabra. Natasha estaba pensativa, triste y abatida. Toda su energía la había abandonado de pronto. Miraba al frente sin ver nada, como ausente, sosteniendo la mano de Aliosha en la suya. Éste lloraba en silencio sus penas y, de cuando en cuando, la miraba con temerosa curiosidad.

Por fin, empezó tímidamente a consolarla, suplicándole que no se enfadase y echándose a sí mismo la culpa; era evidente que quería disculpar a su padre a toda costa y que le pesaba en el alma lo ocurrido. En varias ocasiones trató de abordar el asunto, pero no se atrevió a explicarse con claridad por temor a despertar nuevamente la ira de Natasha. Le juró que la amaba con amor eterno e inmutable, mientras trataba de justificar vehementemente sus vínculos con Katia; no hacía más que repetir que sólo la quería como a una hermana, una hermana buena y adorada a la que no podía abandonar de ningún modo, pues habría resultado brutal y cruel por su parte. No hacía más que repetir que, si se conocieran, Natasha y Katia se harían amigas de inmediato, se volverían inseparables y se acabarían los malentendidos. Esa idea le gustaba especialmente. El pobrecillo era totalmente sincero. No entendía los recelos de Natasha, y tampoco había entendido del todo lo que acababa de decirle a su padre. Lo único que entendía era que se habían peleado, y eso era lo que más le pesaba.


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