Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¿Me reprochas lo ocurrido con tu padre? —le preguntó Natasha.

—¿Cómo voy a reprocharte nada —replicó con amargura—, siendo yo el causante y el culpable de todo? He sido yo el que te ha puesto furiosa, hasta que tú, llevada por la ira, le has acusado a él por disculparme a mí; tú siempre me disculpas, y yo no me lo merezco. Tenías que encontrar un culpable, y decidiste que fuera él. Pero ¡te aseguro que mi padre no tiene la culpa de nada! —gritó Aliosha, animándose—. ¡Cómo iba a venir aquí con esa idea en la cabeza! ¡Cómo iba a esperarse esa reacción! —Viendo la mirada de disgusto de Natasha y su gesto de reproche, inmediatamente se asustó—. Perdóname, no se va a repetir, no se va a repetir —dijo—. ¡Yo soy el causante de todo!

—Sí, Aliosha —comentó Natasha pesarosa—. Tu padre se ha interpuesto entre nosotros y ha acabado para siempre con nuestra tranquilidad. Tú siempre habías tenido más fe en mí que en nadie; pero ahora ha sembrado el recelo y la desconfianza en tu alma, y empiezas a acusarme; él se me ha llevado la mitad de tu corazón. Se ha cruzado un gato negro en nuestro camino.

—No digas esas cosas, Natasha. ¿A qué viene eso del gato negro? —dijo, molesto con aquella expresión.


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