Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Te ha cautivado con su falsa bondad, con su fingida generosidad —continuó Natasha—, y ahora cada vez te irá poniendo más y más en mi contra.
—¡Te juro que no! —gritó Aliosha, con más vehemencia aún—. Estaba muy alterado cuando repetÃa que nos habÃamos precipitado; ya verás cómo mañana mismo o en un par de dÃas recapacita; en todo caso, si, efectivamente, se hubiera enfadado hasta el extremo de oponerse a nuestro matrimonio, te juro que no le pienso obedecer. Creo que no me faltará valor para eso… Y ¿sabes quién va a ayudarnos? —gritó de pronto, entusiasmado con su idea—. ¡Katia va a ayudarnos! ¡Ya verás, ya verás qué criatura tan maravillosa! ¡Y podrás comprobar si lo que busca es ser rival tuya y separarnos! ¡Qué injusta has sido cuando decÃas que yo soy de esos hombres que pueden dejar de querer al dÃa siguiente de la boda! ¡Cómo me ha dolido oÃrlo! No, yo no soy de ésos, y si he ido a menudo a ver a Katia…
—Ya está bien, Aliosha; puedes ir a verla siempre que quieras. No me referÃa a eso. No me has entendido bien. Sé feliz con quien quieras. Yo no puedo exigirle a tu corazón más de lo que puede darme…
Entró Mavra.
—Bueno, ¿sirvo ya el té o no? El samovar lleva dos horas hirviendo, se dice pronto; ya son las once.