Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Lo preguntó en un tono de rudeza y enfado; se notaba que estaba de muy mal humor y molesta con Natasha. Y es que llevaba unos dÃas, desde el martes, entusiasmada con la idea de que su señorita (a la que adoraba) fuera a casarse, y ya habÃa tenido tiempo de contarlo por toda la casa, en el vecindario, en la tienda, al portero. DecÃa muy ufana, con gran solemnidad, que el prÃncipe, que era un hombre importante, un general enormemente rico, habÃa venido en persona a solicitar el consentimiento de su señorita, y que ella, Mavra, lo habÃa escuchado con sus propios oÃdos. De pronto, todo eso habÃa quedado en agua de borrajas. El prÃncipe se habÃa marchado indignado, no se habÃa servido el té y la culpa de todo, naturalmente, era de la señorita. Mavra la habÃa oÃdo dirigirse al prÃncipe sin el menor respeto.
—Bueno… sirve el té —respondió Natasha.
—¿Saco también los aperitivos?
—Bueno, sácalos también —dijo Natasha, confusa.
—¡Tanto preparar, tanto preparar para qué! —siguió diciendo Mavra—. No he parado desde ayer. He tenido que ir corriendo a la avenida Nevski, a traer vino, y ahora… —Y salió dando un portazo, enfadada.