Humillados y ofendidos

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Natasha se puso colorada y me miró de un modo algo extraño. El té, entre tanto, se sirvió, acompañado de los aperitivos; había algo de caza y de pescado, y dos botellas de un vino excelente, traído de Yeliséiev. «¿Para qué habrán preparado todo esto?», pensé.

—Ya ves, Vania, cómo soy —dijo Natasha, acercándose a la mesa; hasta mi presencia la hacía turbarse—. Tenía el presentimiento de que todo esto iba a terminar como ha terminado y, al mismo tiempo, albergaba la vaga esperanza de que no fuera así. Pensaba que vendría Aliosha, que procuraría que hiciéramos las paces, y acabaríamos por reconciliarnos; confiaba en que todas mis sospechas resultaran finalmente infundadas, en que me hicieran cambiar de parecer… en fin, que, por si acaso, preparé algo de comer. Pensé que la conversación se alargaría, que nos íbamos a entretener…

¡Pobre Natasha! Cómo se ruborizó al decir aquello. Aliosha estaba entusiasmado.





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